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1. La dimensión macroeconómica
El debate sobre la productividad (Krugman contra Business Week)
El concepto new economy se conformó para esclarecer el despegue económico de los EEUU en la segunda mitad de los años 90, sorprendente desde una perspectiva convencional. La corriente principal de pensamiento de los economistas y especialistas en política económica (mainstream) partían de la base de que, sin inflación, la economía norteamericana sólo podría tener bajos índices de crecimiento. El Council of Economic Advisors presidido por Joseph Stiglitz, por ejemplo, situó el índice de crecimiento sin inflación a largo plazo en un 2,3%. Este índice resulta de la suma del aumento de horas trabajadas (anualmente 1,1%) y el índice de crecimiento de la productividad laboral (1,2% anual), dos grandes parámetros que se consideran más o menos constantes. Ante un índice de crecimiento superior al 2,3% retrocede el "desempleo natural" y crecen los salarios y precios. Más precisamente: cada punto de crecimiento por sobre el 2,5% conlleva una reducción del desempleo de un 0,5% (Ley de Okun, por el economista Arthur Okun), y la inflación se acelera cuando el desempleo desciende por debajo de un índice para el que se descubrió el bonito término "Nairu" (nonaccelerating inflation rate of unemployment: tasa de desempleo que no acelera la inflación). En esta situación, el Banco Central se ve obligado a apretar el freno de los intereses y estrangular el impulso desatado. A largo plazo, los índices de crecimiento bajos, es decir, la construcción de una "limitación de la velocidad" del crecimiento -ésta sería la consecuencia-, son el destino de economías altamente desarrolladas con un Banco Central fuerte, cuestión para la que Paul Krugman acuñó el concepto de era de las expectativas disminuidas. Como deducción lógica, se recomienda una política monetaria conservadora, que considere las constantes de la economía norteamericana.
Algunos representantes del mundo económico, de la prensa económica (la revista Business Week y su editor, Stephen Shepard fueron líderes de opinión en este sentido) y de las ciencias económicas, pusieron en duda esta posición mainstream. Se argumentaba que una política monetaria conservadora impediría el crecimiento innecesariamente, ya que el potencial de crecimiento sin inflación podría establecerse en niveles más altos que los supuestos por los economistas de la mainstream. Stephen Shepard, por ejemplo, calculaba el índice de crecimiento sin inflación a largo plazo en un 3-3,5%. Según Shepard, los responsables de este salto serían dos factores que justificaban hablar de la conformación de una new economy, es decir, de un nuevo paradigma: primero, la globalización de la economía y la intensificación de la competencia, que somete a las empresas a mayores presiones de competencia y estrecha los márgenes de formación de precios (incluyendo la fijación de salarios), y segundo, la revolución de tecnologías de información, que disparó una explosión productiva y que rebate la suposición de un índice de crecimiento de la productividad bajo y constante. Sin embargo, según Shepard, el impacto de estos dos factores no resultaría visible, ya que los procedimientos estatales establecidos no serían adecuados para medir el producto y la productividad de una economía de servicios basada en el conocimiento. De esta forma, la inflación sobre -y en lógica secuencia- crecimiento y productividad se subestimaría, entre otras cosas porque no se estaría considerando la rasante caída de precios de los productos y servicios de tecnologías de información.
Complementariamente, Barry Bluestone criticó el supuesto de un índice de crecimiento en términos de trabajo realizado, de carácter constante y condicionado demográficamente, medible en virtud del índice de participación económica y del promedio de horas trabajadas. Según Bluestone también en el mercado de trabajo resulta válido que una mayor demanda genera una mayor oferta: los empleos más atractivos y mejor pagos incrementan la cifra de aquellos que buscan y aceptan empleos. Así surgieron a principios de los años 90 varios millones de hombres jóvenes económicamente activos, que antes habían "desaparecido" de las estadísticas.
No obstante, el punto central del debate desarrollado en 1996 y 1997 es la valoración del desarrollo de la productividad. En los EEUU, el aumento promedio de la productividad laboral entre 1900 y 1970 fue del 2,3% anual. En los años 50 y 60, el índice promedio anual fue aun mayor (3,0 y 2,6%), en cambio en los años 70 y 80 se retrotrajeron los índices de crecimiento al 1,1 y 1,3%. Se señalaron toda una serie de factores como responsables de esta situación, sin que haya logrado imponerse ninguna de las siguientes razones en forma generalizada: las crisis energéticas de 1973 y 1979, el agotamiento de los booms tecnológicos tras la Segunda Guerra Mundial, los bajos índices de inversión y ahorro, inversiones insuficientes en infraestructura pública, investigación y desarrollo o la decadente calidad de la educación.
En la segunda mitad de los años 90 se planteó un nuevo enigma: la productividad laboral aumentó entre 1990 y 1995 en un 2,2% promedio anual, es decir que se aproximó a su índice de crecimiento histórico. Sin embargo, esta buena noticia fue inmediatamente desmentida: en 1995, la Oficina de Análisis Económico cambió el método de cálculo del Producto Bruto Social, de modo tal que consideraba en mayor medida el especial desarrollo de precios en la industria de la computación (chain-weighed GDP method). Y según el nuevo método, el índice de crecimiento de la productividad laboral permaneció también en el periodo 1990-1995 en sólo 1,4%. Y esto pese al espectacular avance triunfal de la tecnología de la información.
Tabla 1
Indices de crecimiento de la productividad laboral en la economía norteamericana 1900-2000, Porcentaje en promedio anual
| |
viejo método |
nuevo método |
| 1900-1970 |
2,3 |
|
| 1950-1959 |
3,0 |
|
| 1960 -1969 |
2,6 |
|
| 1970-1979 |
1,1 |
|
| 1980-1989 |
1,3 |
|
| 1990-1995 |
2,2 |
1,4 |
| 1996-2000 |
|
3,0 |
Tabla 2
Indices de crecimiento de la productividad laboral y salarios por hora en EEUU 1990-2000 (sector no agrícola)
Índices de crecimiento anual en %
| Año |
productividad laboral |
remuneración
(real por hora) |
| 1990 |
1,1 |
0,4 |
| 1991 |
1,2 |
1,2 |
| 1992 |
3,7 |
2,6 |
| 1993 |
0,5 |
-0,4 |
| 1994 |
1,3 |
-0,1 |
| 1995 |
0,9 |
-0,4 |
| 1996 |
2,5 |
0,3 |
| 1997 |
1,8 |
0,6 |
| 1998 |
2,6 |
3,7 |
| 1999 |
2,9 |
2,7 |
2000
1º trimestre |
6,5 |
|
2000
2º trimestre |
5,7 |
|
No obstante, los datos del desarrollo de la productividad después de 1997 le dan la razón a los protagonistas de la new economy: en 1998-1999 la productividad creció por sobre el promedio anual -incluso midiéndola según el nuevo método chain-weighed-GDP. Los datos para los primeros dos trimestres del año 2000 señalaban un récord en el índice de crecimiento. La inseguridad, que podía atribuirse a los discutidos métodos de medición del Producto Bruto Social, parecía superada. El índice de crecimiento de la productividad no puede seguir atribuyéndose más a una señal estatal (como en el año 1992), aun cuando la cifra de los años observados es demasiado reducida como para poder deducir una tendencia a largo plazo con certeza. A esto debe sumarse que en 1998 y 1999, también los salarios reales crecieron más rápidamente que en los años precedentes, sin que se hubiera acelerado la inflación. Estas condiciones favorables condujeron a algunos gurúes a afirmar que el ciclo de la economía y hasta la inflación eran cosas del pasado. Los think tanks próximos a la administración Clinton como el Progressive Policy Institute pusieron el argumento de la new-economy al servicio de la política y vaticinaron un crecimiento a largo plazo sin inflación y sin recesiones. La esencia del argumento no se verá afectado por su exageración: gracias a los mayores índices de crecimiento de la productividad se ampliaron los márgenes de juego para el crecimiento, el empleo y los salarios sin inflación. En 1999 esta interpretación recibió el sello de una legalización del Banco Central norteamericano.
El argumento de la new-economy se refiere al potencial, no al índice de crecimiento verdaderamente alcanzado. Se refiere, según mi conocimiento, al aspecto de la oferta y contiene un desafío implícito al Banco Central, en cuanto a agotar también el mayor potencial de crecimiento a través de la estimulación de la demanda (una política monetaria expansiva). Esto remite a una segunda aclaración del despegue norteamericano: el alto crecimiento de la economía en los EEUU no debe atribuirse a los mayores índices de crecimiento de la productividad, sino al aumento del consumo privado (ver tabla 3), que reaccionó frente a un aumento explosivo del curso accionario: la mejora en las posiciones de los activos de muchos presupuestos privados estimularon el consumo y provocaron la retracción de la cultura del ahorro, el que, al incluir la deuda privada resultaba, incluso, negativo. El Banco Central no bloqueó el boom provocado por la demanda privada de consumo aplicando una política monetaria expansiva. Aunque el resultado es también un déficit récord en la balanza de pagos, que debe financiarse mediante el ahorro externo, si bien el financiamiento puede cumplirse sin problemas, ya que el boom en el mercado de capital significa ahorro suficiente para el país.
Tabla 3
El Producto Bruto Interno y sus componentes 1992-2000
Indices de crecimiento promedio anuales en porcentaje
| |
EEUU |
Unión Europea |
| PBI |
3,5 |
2,0 |
| Consumo privado |
3,7 |
1,9 |
| Consumo público |
0,9 |
1,3 |
| Inversiones fijas brutas |
7,3 |
2,3 |
| Demanda interna |
3,9 |
1,9 |
Balanza de pagos
(% del PBI)2000 |
-4,3 |
1,0* |
*Europa continental
La esencia del argumento de la new-economy no queda anulado por señalar el desarrollo de la demanda y la política monetaria. Más bien se trata de una complementación necesaria: cuando el potencial de crecimiento es más elevado y no encuentra correspondencia en la demanda, queda desaprovechado. El boom del consumo y la política monetaria expansiva explican cómo se utilizó el potencial de crecimiento más alto; los mayores índices de crecimiento de la productividad explican por qué la expansión de la demanda no desató procesos inflacionarios. No obstante quedan dudas, en tanto el periodo observado -como se dijo- es demasiado corto, como para hablar con seguridad de una tendencia perdurable. Por otra parte, el bajo índice de inflación puede atribuirse, al menos parcialmente, a la confluencia más bien casual de varias circunstancias favorables: un bajo precio del petróleo hasta el 2000, una alta cotización del dólar, así como el retroceso de la inflación en el sistema de salud, como consecuencia de la introducción del managed care (nueva gestión del sistema de salud). Y finalmente también los índices de crecimiento de la productividad laboral (según se desprende de los datos actuales) que, aunque sean más altos que en los años 70 y 80, no superan los de los ´50. Sobre la base de los datos hasta ahora disponibles sólo se puede deducir que la new economy posiblemente dispara una dinámica que recuerda al boom de los años 50 y 60 del siglo 20, pero no que se haya puesto en marcha algo completamente nuevo, ni que haya desbaratado las leyes de la economía. |