PUBLICACIONES Y DOCUMENTOS
Sociedad civil y socialdemocracia

Michael Ehrke


Edición en español: Fundación Friedrich Ebert en la Argentina
M. T. Alvear 883 - 4º piso (1058) Buenos Aires
Tel: (0054-11) 4312-1732 e-mail: fes.argentina@fes.org.ar

indice

Prólogo

I.
Intentos de definición


a-Sociedad civil y espacio público político

b-Sociedad civil como cooperación social

c- Intento de síntesis: Sistema político y espacio público


II. Socialdemocracia y sociedad civil

 

II. Socialdemocracia y sociedad civil

1) Partidos y sociedad civil

2) Socialdemocracia y sociedad civil

a-· La tradición
b-· Circuitos funcionales y autotransformación (Tercera Vía)
c-· Grandes interrogantes de la época en ciernes

1) Partidos y sociedad civil

En relación a lo público y a la sociedad civil, los partidos políticos son productos híbridos. Por una parte, están sometidos al sistema funcional de la política y se vinculan con lo público desde una perspectiva estratégica; ocupan el espacio público. Los representantes de los partidos gobernantes prestan las funciones de conducción política, que garantizan el ajuste entre economía y sociedad a las cambiantes condiciones del medio interno y externo. Eludiendo el espacio público parlamentario y de la sociedad civil, organizan circuitos funcionales con los "socialmente poderosos" para tomar decisiones relevantes incluyendo la cultura de expertos competentes,o delegan las decisiones a circuitos funcionales. Organizan los procesos de selección personal y los protegen frente a influencias públicas (a veces incluso de los propios miembros de la organización). Para asegurar su reelección, los representantes de los partidos de gobierno reparten dinero y poder a los grupos que deciden las elecciones. Sin embargo, en determinadas situaciones, deben convencer a la opinión pública de lo correcto de sus decisiones,y para esto no cuentan con otro medio que el lenguaje cotidiano. Aunque sea con intenciones manipuladoras, deben organizarse o simularse procesos de convencimiento y de entendimiento. En especial los partidos de la oposición deben asegurar no sólo que están en condiciones de cubrir las funciones de conducción política requeridas y que en caso de una victoria electoral integrarán sin problemas los circuitos funcionales, sino también que encaminarán procesos de entendimiento y convencimiento -ya que aun no están legitimados por el éxito-.

Los partidos políticos -en el gobierno o en la oposición- se vinculan con la opinión pública fundamentalmente a través de los medios, de modo que surge otro circuito funcional, en el que los intereses de los partidos/del gobierno pueden articularse con la dinámica propia de los medios, en cierta forma, sin que medien procesos de entendimiento (ver más arriba). En sentido inverso, también los partidos políticos y los gobiernos pueden referirse a la opinión pública no sólo estratégicamente, para movilizarla hacia un objetivo predeterminado, sino que también pueden instalar un tema de debate y reflexión en la opinión pública y ampliarla. Un ejemplo de los viejos tiempos: cuando el SPD exigió al gobierno la "humanización del trabajo" y la promovió, tomó un aspecto de la vida de millones de trabajadores que tradicionalmente formaba parte de debate abierto, y lo puso a la luz de la opinión pública. Si la organización de los procesos industriales de trabajo estaba lisa y llanamente dada para los trabajadores, a través de la instalación del tema en la agenda pública, los trabajadores de la industria se convirtieron en potenciales participantes de un debate que antes estaba reservado a los investigadores y gerentes. Incluso el nuevo intento de introducir la doble ciudadanía para los extranjeros, significó la ampliación de la opinión pública hacia un nuevo campo temático y nuevos participantes.

En este contexto cabe señalar una diferenciación entre los partidos que definen el escenario político en Europa occidental: en lo que se refiere al espectro temático que está en elaboración en la opinión pública, al espectro de opciones legítimas y al círculo de aquellos habilitados para el debate y la toma de decisiones, los partidos conservadores tienden a tomarlo en el estado dado o, incluso, ir detrás del mismo. Esto no excluye que también los partidos conservadores movilicen a la opinión pública y, con ello, puedan arrastrar a las mayorías. La pelea en torno a la cuestión de los crucifijos en las aulas en Baviera y la campaña de la CDU (Unión Demócrata Cristiana) en contra de la doble ciudadanía son dos ejemplos de esto. En ambos casos, no obstante, se trata de la movilización de una mayoría para la limitación de un tema -y la limitación del círculo de participantes de la opinión pública, es decir, se trata de la continuidad de la exclusión de determinados temas de lo que se debate públicamente, o de quienes (en este caso minorías religiosas y étnicas) participan en el debate-. También en el debate en torno a la interrupción del embarazo, la cuestión para los conservadores pasa por la exclusión de personas (las mujeres afectadas) de las decisiones que las afectan. Los partidos conservadores tienden, en mi opinión, a bloquear la radicalización de la democracia inherente a la opinión pública democrática. Por el contrario, la socialdemocracia y los partidos verdes promueven la radicalización, abren nuevos temas al debate púbico, difunden nuevas opciones e intentan involucrar nuevos círculos de participantes al espacio público. Podría decirse, por lo tanto, que los partidos conservadores tienden a estar sometidos a los circuitos funcionales de la conducción política, en tanto los partidos socialdemócratas por lo general responden más marcadamente al componente sociedad civil. Sin embargo, se trata aquí más de una cuestión de ponderación que de una diferencia básica.

2) Socialdemocracia y sociedad civil

a-La tradición subir

 

Históricamente, la socialdemocracia es una asociación de la sociedad civil por excelencia, y guarda, al mismo tiempo una cierta relación de tensión con la sociedad civil. En tanto el ideal liberal original de la equidad de derechos privados y políticos no se realizó, la socialdemocracia en Europa fue el motor propulsor de la inclusión política de los desposeídos y de las mujeres como ciudadanos con igualdad de derechos. Por otra parte vinculó -y esto es decisivo- el debate sistemático de inequidades sociales con la aceptación básica de la convención democrática -es decir, con la renuncia a la caída violenta del sistema-. La socialdemocracia aceptó desde el comienzo a la democracia liberal, que una vez instalada, dispuso los medios para lanzar la "cuestión social" a la opinión pública e involucrar a los trabajadores de la industria en los procesos de decisión pública más allá de su papel como ciudadanos. El "ilusionismo estatal" estigmatizado por von Streeck (ver más arriba) de la socialdemocracia tradicional se debe a la confianza (a menudo decepcionada) en cuanto a que en un Estado democrático, desde la esfera política, pueden surgir procesos equiparadores para una sociedad desigual. El fundamento del optimismo socialdemócrata era el pronóstico (inadecuado), que todavía se basa en la teoría marxista, en cuanto a que la proletarización sería el destino ineludible de la aplastante mayoría de la población. El capitalismo mismo se ocuparía de que las "capas intermedias" desaparecieran, con el resultado de confrontación visible y unívoca de dos minorías minúsculas de magnates financieros y grandes empresas, por una parte, y la gran mayoría proletaria, por la otra. Esta mayoría avasallante constituía la reserva de seguidores y electores natural de la socialdemocracia. Dado que el capitalismo se encargó por sí mismo de la polarización social, al partido sólo le restó esclarecer al proletariado respecto de sus reales intereses.

La socialdemocracia también era una asociación genuina de la sociedad civil, en tanto estaba estrechamente vinculada a la contra-sociedad civil del ámbito de los trabajadores de la industria -sindicatos, centros de capacitación, cajas de ahorro, instituciones de socorros mutuos, clubes deportivos, sociedades de fomento, etc- (aun cuando los grupos de conducción socialdemócratas en sentido sociológico no provenían necesariamente del sector de trabajadores de la industria). Podía interpretarse como el brazo político de una contrasociedad en formación , que se desarrollaría en forma más o menos automática junto a la sociedad de mayorías: esta contrasociedad revistió rasgos excluyentes: tomó solamente a aquellos que o bien compartían la experiencia del trabajo en la industria o que estaban dispuestos, sea por su punto de vista, simpatías u otros motivos, a reivindicar las cuestiones de los trabajadores. Sin embargo, la exclusión, por una parte, era obligada -por una sociedad burguesa que marginaba a los trabajadores-; por otro lado las contrasociedad abarcaba, al menos virtualmente, a la enorme mayoría de la población, de modo que en el fondo, el concepto de exclusión perdía su significado.

La relación de tensión entre socialdemocracia y sociedad civil se remite a los dos núcleos centrales de la identidad socialdemócrata: la tematización sistemática de la inequidad social, no obstante, jamás significó (como a veces hoy se señala) la transferencia de la "igualdad simple" que dominaba en la esfera política a la esfera económica ("igualdad en el resultado") sino que la desiguladad siempre fue observada como "desafío" y siempre debía ser fundamentable. Para la socialdemocracia tradicional, la sociedad civil siempre fue la "sociedad ciudadana", y los ciudadanos no eran solamente los ciudadanos del Estado, sino la clase dominante. La otra cara de la moneda del "ilusionismo Estatal" o mejor dicho: la confianza en las posibilidades equiparadoras del Estado, era la principal distancia crítica frente a una sociedad, que pese a la igualdad política (que además primero debía ser conquistada), provoca desigualdad, la reproduce en forma ampliada y la legitima. Si bien la socialdemocracia en la mayoría de los casos se atuvo (a diferencia de muchos de sus opositores) a los aspectos convencionales de la sociedad civil, en cuanto a reconocer a todos los ciudadanos como seres libres, excluyendo la violencia, aprovechó el desafío implícito en cuanto a utilizar activamente los derechos básicos de la expresión de opiniones, libertad de asociación y reunión, etc. para ampliar el ámbito de vigencia del espacio público y el círculo de quienes participan en ese espacio. Aunque cabe destacar que no dejó duda alguna con respecto a que la democracia podría desplegarse realmente en una sociedad que ya no fuera burguesa -una sociedad sin desigualdades superfluas-. La aceptación del orden político dominante siempre estuvo ligado al escepticismo (que Ferdinand Lasalle articuló probablemente con mayor claridad) en relación a la cuestión de la capacidad de la sociedad burguesa de cumplir sus propios postulados políticos también frente a la mayoría de los no privilegiados.

En su etapa de formación, el racionalismo político de la socialdemocracia -que se debe más a la tradición marxista que a la de Lasalle, es decir la idea de que el desarrollo social podría estructurarse más o menos planificadamente, estaba ligada a la (pretendida) perspectiva científica del transcurso de un proceso histórico que, aun con crisis y derrotas, desembocaría por fin en una sociedad socialista. La política de la socialdemocracia tenía la tarea de brindar ayuda en el nacimiento de este proceso, que, de todos modos avanzaría y, en todo caso, podía ser facilitado o abreviado. Dado que los objetivos políticos se irían cumpliendo por el avance objetivo de la historia, se sustraían, hasta cierto, del ámbito de la comunicación. El entendimiento era, en primer término, esclarecimiento -el esclarecimiento de los proletarios que aun no eran conscientes de su situación o de los futuros proletarios. Una política esclarecedora torna comprensible un elemento de desigualdad (en el sentido de la desigualdad entre maestros y alumnos), que, no obstante, se va eliminando en el transcurso del proceso de entendimiento, para lo cual el proceso generalmente sólo puede avanzar en una dirección. Tampoco resulta totalmente claro, si los socialdemócratas ortodoxos de las postrimerías del siglo XIX o principios del XX se imaginaban la transición hacia el socialismo como básicamente reversible, ya sea como consecuencia de una crisis final del capitalismo o como resultado de un triunfo electoral socialdemócrata.

En todo caso -y esto es lo importante- la fundamentación de la propia política con la perspectiva del avance de la historia hacia la socialdemocracia no llevó al establecimiento duradero de una ortodoxia: la historia de la programática socialdemócrata es una historia de las revisiones -y esto significa del debate principalmente abierto y público sobre la interpretación de la realidad social y su aplicación en el accionar político. Lo que ha quedado del racionalismo político es la convicción de que los ciudadanos de un Estado democrático no están librados cual objetos a los avatares de la historia ni del mercado, sino que pueden construir la historia y el mercado. No obstante, este racionalismo moderado no retorna a la perspectiva de algunas verdades superiores, sino que debe someter sus postulados una y otra vez a las condiciones de un mundo en transformación.

 

b-Circuitos funcionales y autotransformación (Tercera Vía)

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Desde el debate revisionista de las postrimerías del siglo XIX, los partidos socialdemócratas de Europa Occidental emprendieron la larga despedida de un programa que tenía por objetivo la introducción del socialismo como orden social autónomo. Con la aceptación básica no sólo de la democracia como orden político, sino también del capitalismo como sistema económico y social, la existencia de la sociedad capitalista dada perdió el status como tema de la política socialdemócrata. La distancia crítica hacia el capitalismo se estrechó. Los partidos socialdemócratas, que estaban resueltos a tomar el gobierno, no sólo podían aceptar la realidad del capitalismo como dada, encogiéndose de hombros (como ante el clima, o la maldad en las personas), sino que además debía esforzarse por preservar este sistema y su adaptación a las condiciones cambiantes del entorno (su modernización). La socialdemocracia tradicional podía esperar la crisis final del capitalismo para tomar entonces el gobierno; los gobernantes o el gobierno de partidos con orientación socialdemócrata después de la Segunda Guerra debían impedir o moderar esta crisis. Con la des-tematización del orden social y económico capitalista, también los gobiernos socialdemócratas debían integrarse a los circuitos funcionales entre el poder administrativo y social, en los cuales se tomaban decisiones o se delegaban los procesos correspondientes, excluyendo a la opinión pública. Como otros gobiernos, debían asegurar el funcionamiento permanente y fluido del sistema contra las influencias perturbadoras de la opinión pública. Esto no excluía que los gobiernos socialdemócratas movilizaran a la opinión pública para determinados objetivos puntuales; y menos aun excluía que la misma opinión pública desarticulara la agenda del gobierno y los circuitos funcionales.

La socialdemocracia seguía representando -de acuerdo a su propia concepción- los intereses de los pocos privilegiados, es decir, en primer lugar, de los empleados en relación de dependencia. La renuncia a la transformación básica de la sociedad y la participación en circuitos funcionales semiautomáticos con el objetivo de preservar la existencia del sistema, fue poco problemática en tanto que la legalidad propia del sistema y los intereses de los empleados en relación de dependencia podían interpretarse como ámbitos coincidentes. En los treinta años dorados de la prosperidad de posguerra, la socialdemocracia de Europa occidental (en tanto participara del gobierno) estaba en la feliz situación de interpretar la modernización económica y la mejora en la situación de los trabajadores como dos caras de la misma moneda. Recién cuando la edad de oro del capitalismo y de la socialdemocracia tocaba su fin, en la crisis de los años setenta, el nexo entre la conducción del sistema bajo puntos de vista funcionales y la representación de intereses de los pocos privilegiados perdió plausibilidad. Antes o después, todos los partidos socialdemócratas gobernantes de Europa Occidental debieron poner los intereses de su clientela original a disposición de la adaptación del sistema a un nuevo entorno (sobre todo, a nuevas formas del entramado económico internacional).Este desplazamiento del eje central se refleja por ejemplo en que el pleno empleo desapareció de facto de la agenda de muchos gobiernos socialdemócratas. (a excepción de las socialdemocracias escandinava y austríaca, que intentaron frenar el desempleo a través de empleo público, aun al costo del aumento del gasto estatal), en tanto que la estabilidad de precios alcanzaba el mismo rango que para los conservadores y neoliberales.

En el escenario político, la transformación de la socialdemocracia de ser representante de los intereses de los postergados socialmente a ser un partido funcional o un partido del sistema, puede expresarse como un camino hacia el centro -hacia un centro, naturalmente, que resultará estrecho, ya que también aquí juegan los opositores liberales y conservadores. El criticado fenómeno del derrumbe de la cultura política -la banalización del debate político, la personalización de la política, la espectacularización de eventos políticos, el rechazo hacia los partidos o hacia la política por parte del electorado- remiten a las dificultades de todos los partidos de ofrecer a los potenciales electores un perfil político accesible desde el lenguaje, que se vincule con la experiencia de estos electores, más allá de su funcionalidad del sistema.

Precisamente en el mismo momento en que los partidos socialdemócratas se convirtieron en partidos del sistema (y se legitimaron cada vez con mayor fuerza a través de su capacidad como partidos del sistema) y la relación positiva entre modernización económica y mejora social de la mayoría de la población tendió a disolverse, se acentuó en Europa Occidental la participación de la sociedad civil en todas las organizaciones socialdemócratas y socialistas. Los partidos situados a la izquierda del centro se convirtieron -quisieran o no- en el ámbito de trabajo de una parte relevante de todos los movimientos que habían tomado nuevos temas, originalmente a una deliberada distancia de la socialdemocracia. Muchos activistas de los movimientos estudiantiles, ambientalistas, pacifistas y feministas buscaron y tras años de protesta encontraron su patria política en la socialdemocracia. Esto significa que un alto porcentaje de los movilizados veían una mejor representación de sus intereses a la izquierda del centro que en la derecha o en organizaciones fuera del espectro político establecido. Todos los temas, reivindicaciones, valores, intereses y tendencias representados por los nuevos movimientos sociales, encontraban eco en la socialdemocracia. que, de esta forma nuevamente pasó de ser un actor estratégico a un foro de diversas propuestas políticas. La funcionalización respecto del sistema de la socialdemocracia que significaba una relativización del fuerte vínculo que tuvo en sus orígenes con los trabajadores, avanzó en forma simultánea con la conformación de su nuevo perfil sesgado por la sociedad civil y -esto también- su paralización parcial como actor estratégico.

Debido a que los partidos socialdemócratas fueron inundados en forma simultánea por movimientos alternativos de distinto color, la tensión entre su papel como parte de circuitos funcionales políticos y su carácter cívico social se acentuó drásticamente. Esta tensión se interpretó a menudo como un spagat entre dos medios -el medio tradicional de los trabajadores y el nuevo medio "postmaterialista" de los sectores medios progresistas-. Esto en lo que hace al punto de vista sociológico. Sin embargo, más importante es la relación de tensión entre las demandas sistémicas y de la sociedad civil a las que se vieron y se ven confrontados los socialdemócratas. La "Tercera Vía" -una concepción desarrollada por los demócratas norteamericanos- es el intento de elaborar esta tensión. La Tercera Vía se basa en el supuesto de que el medio tradicional de la socialdemocracia por sí solo no permitirá ganar ninguna elección. Como interlocutor más importante se identifican los sectores medios, que naturalmente -como es tradicional- no se definen con claridad. El concepto de Tercera Vía torna realidad que los partidos socialdemócratas se hayan convertido en organizaciones de los sectores medios "progresistas". Su retórica apela explícitamente a los temas de estos movimientos, entre otros, mediante la relativización de ciertas orientaciones materiales (prestaciones sociales y seguridades) en favor de la "responsabilidad", "comunidad" o "inclusión". El "estado activador" (en lugar de la burocracia social tradicional), el alto significado de la formación (la "education, education, education" de Blair) y la advertencia de trasladar responsabilidades que originalmente estaban en manos del Estado a la sociedad civil, son temas que aluden en primer término a los sectores medios progresistas. En definitiva, los protagonistas de la Tercera Vía también tomaron impulsos del movimiento comunitario, promovieron la autoorganización y la autoayuda y de esta forma reclutaron en base a los valores de un grupo de la población intelectual, geográfica, social y políticamente móvil (en muchos casos, los mismos protagonistas de la Tercera Vía hicieron su experiencia en los movimientos ciudadanos y de protesta de los años setenta, y no en los sindicatos o los círculos tradicionales de la socialdemocracia).

Los partidos socialistas y socialdemócratas también habían incorporado temas y orientaciones de los nuevos movimientos sociales en sus lineamientos políticos antes del surgimiento de la Tercera Vía. Cabe señalar el alto significado programático (y no tan práctico-político) del concepto autogestión para los socialistas franceses hacia comienzos de los ochenta, o el valor clave de la política ambiental en el Programa de Berlín del SPD. Muchas veces, sin embargo, esta incoporación tenía carácter aditivo: el programa se amplió con nuevos elementos. Recién en el discurso de la Tercera Vía se vinculó la incorporación selectiva de nuevos temas con la relativización explícita de los puntos programáticos tradicionales, en especial aquellos que se refieren a la mejora material de los postergados socialmente, es decir, a la superación de las desigualdades. La inequidad social ya no aparece en el discurso de la Tercera Vía como "desafío" sino como dato. La incorporación de nuevos temas e interpretaciones que apuntan a la ampliación del ámbito de vigencia del espacio público/ de la sociedad civil, conlleva un estrechamiento temático, ya que muchas cuestiones que eran tema para la socialdemocracia tradicional, se convierten en un hecho de un marco de condiciones de la política que no admite influencias. De esta forma, los modernizadores socialdemócratas aceptan que la política económica y financiera esté sometida al veto del mercado de capital internacional, un veto que limita el ámbito de las opciones políticas en tal medida, que los criterios de diferenciación política tradicionales (conservador, liberal y socialdemócrata) tienden a perder sentido. La modernización de la progamática socialdemócrata transita una segunda des-tematización del orden económico y social. En el contexto de la primera revisión, el orden existente no sólo debía aceptarse, sino también defenderse, ya que se podía vincular a los intereses de los sectores postergados, y más aun: porque posibilitaba mejor que otros órdenes conocidos el mejoramiento relativo y absoluto de esos sectores. En el marco de la segunda revisión, este orden debe defenderse pese a que ya no contemple los intereses de los sectores postergados (o lo hace en menor medida que en la época dorada).


Por una parte, la política de la Tercera Vía cierra la incorporación de la socialdemocracia a los circuitos funcionales del "sistema", pero al mismo tiempo se abre a procesos de radicalización democrática, en tanto convierte a la socialdemocracia en un foro de nuevos temas e intereses. En una primera mirada termina con el debate público y el ámbito de vigencia del orden económico y social centrado en el núcleo de la sociedad civil, para descubrir nuevas opciones y espacios de construcción en su periferia. Desde la perspectiva de la tradición: se aporta al empobrecimiento de las masas al reformar el sistema previsional, pero al mismo tiempo, se ofrece la opción a las parejas de homosexuales de legalizar las relaciones con un status similar al matrimonial. Desde luego que este punto de vista es problemático (independientemente de los efectos distributivos reales de la reforma del sistema previsional), ya que de ningún modo está dicho que el mejor posicionamiento económico de quienes cuentan con un seguro jubilatorio (que por lo general no son los que sufren necesidades extremas) constituya un tema prioritario con respecto al de (para seguir con el ejemplo) la integración de una minoría sexual. Sin embargo, nadie puede garantizar que el orden social y económico quede fuera de debate en forma permanente.

 

c-Grandes interrogantes de la época que comienza subir

El significado de la sociedad civil que se torna evidente, por ejemplo, en tanto los dirigentes políticos socialdemócratas la sitúan en el centro del discurso programático, radica en gran medida en la función de desahogo que cumple para el Estado, el gobierno y la política en sentido estricto. No sólo se trata del desahogo material que se da cuando los ciudadanos se hacen cargo de tareas sociales en forma voluntaria y gratuita y ayudan a economizar gastos del presupuesto estatal. Se trata sobre todo de que en la transición del siglo XX al XXI, las sociedades industriales desarrolladas se vieron confrontadas con nuevos megaproblemas, que desplazan a un cono de sombra tanto la vieja "cuestión social" (el tema de la socialdemocracia desde su nacimiento) como también la temática ambiental lanzada en los años setenta del siglo XX. Sin embargo, estos megaproblemas podrían ganar una fuerza explosiva adicional si se combinaran con las cuestiones ecológicas y sociales no resueltas. Los códigos establecidos del sistema de conducción política se ven superados al no ser capaces de "achicar" la nueva constelación de problemas. Cuando Gerhard Schröder anuncia que el Estado le devolverá responsabilidades a la sociedad civil, esto no solamente significa -al menos eso se espera- que en lugar de prestaciones asistenciales garantizadas por el Estado, deberá entrar en acción la asistencia gratuita y casera de los miembros de la familia, sino que se trata ante todo de que los problemas del debate público, es decir aquellos que requieren la construcción de consenso, ya no se puden cubrir con los códigos estandarizados. Algunos de estos temas son (sin pretender una presentación completa):

1. El radicalismo de derecha, que en muchas sociedades industriales ha experimentado un renacimiento, es per definitionem la negación de la sociedad civil: no aspira al entendimiento, sino que lo excluye. Bajo la presión del radicalismo de derecha, el elemento "cívico" de la sociedad civil gana terreno como contrapartida a la explosividad de la barbarie. La presencia del extremismo de derecha en las sociedades indutriales desarrolladas -desde los partidos populistas de derecha hasta la violencia de los jóvenes contra las minorías-, aunque también la explosión de la barbarie en la periferia europea, recordaron la fragilidad de los logros vinculados al concepto de sociedad civil. Estas manifestaciones extremistas ponen en evidencia la debilidad del consenso civil, para proteger a la sociedad de caer en el conjuro de colectivos ficticios. El radicalismo de derecha convierte a la existencia misma de la sociedad civil en un tema. Pese a que no es posible un entendimiento con la extrema derecha, su presencia obliga a confrontarse con la pregunta de por qué la "sociedad burguesa" siempre genera nuevas fuerzas que niegan básicamente su dimensión cívico-social.

2. Socialización fracasada. El radicalismo de derecha es uno de los tantos fenómenos que expresan el fracaso de procesos de socialización. Este fracaso no sólo puede remitirse a problemas de sectores de menores recursos o a insuficiencias institucionales del sistema educativo, sino que también debe analizarse en relación al fracaso de la formación de identidad de los adultos, que por interrupciones biográficas no elaboradas ya no están en condiciones de transmitir pautas consistentes a sus hijos. Un análisis de Richard Sennets demuestra que también los ganadores de la modernización, los flexibles y móviles, a menudo no están en condiciones de interpretar su propia biografía como "carrera" coherente que contenga un sentido que se pueda transmitir a los niños. La problemática de la formación de la identidad radica en gran medida en que la tradición ofrece un modelo de identificación, pero que éste ha perdido su carácter de tradición, es decir su validez incuestionable. Lo que más arriba se definió como "exigencia activista" con la que la sociedad civil confronta a sus miembros, se presenta desde la historia de vida individual como obligación (y no sólo como oportunidad) para la formación refleja de identidad. La formación de identidad se torna precaria porque la continuidad de la historia personal -condición para la construcción de experiencia- ya no está garantizada. Se requieren nuevos procesos de entendimiento sobre las demandas y exigencias que deben ser elaboradas normativamente. Por ejemplo ¿cómo deben articularse las exigencias de movilidad y flexibilidad con el mínimo necesario de tiempo colectivo, es decir, un mínimo de continuidad espacial, sin el cual la convivencia familiar y social serían inimaginables?

3. Globalización, Europeización. La discusión en torno a las consecuencias de la globalización debería -más allá de la dimensión material como la remuneración de quienes cuentan con menos calificación en el contexto de una competencia internacional más aguda- prestarle más atención que en el pasado a los riesgos "subjetivos". Estos riesgos también surgen a partir de que los espacios relevantes de acción política y económica (la economía global , Europea) contrastan con "espacios sociales" estrechos, en los cuales sólo pueden desarrollarse discursos normativos. Estos espacios sociales (el ámbito de vigencia de la sociedad civil y de la opinión pública) están concebidos a nivel nacional, incluso el ámbito europeo está abierto a la influencia civil o pública sólo en parte.Los gobiernos deben actuar en forma global o europea, pero no pueden tomar como referencia ningún consenso nacional fundamentado en la sociedad civil. Por otra parte, la vida está cada vez más influida por factores (comercio global, movimientos internacionales de capital, cultura internacionalizada, migración) que no sólo escapan al propio accionar, sino que en muchos casos también a toda comprensión posible.

4. Tecnologías de la información, Internet. La tecnología de la información no es una novedad, lo nuevo es que a través de la difusión de Internet, el desarrollo de la tecnología de la información haya alcanzado un grado de avance que anulará muchas de las formas de organización, acuerdos, relaciones laborales, procesos de trabajo, etc. habituales de la sociedad industrial. La utilización sistemática de la tecnología de la información disparará nuevos impulsos productivos con el resultado de que el tiempo de trabajo social requerido para la producción de bienes materiales se reduzca a un mínimo. De esta forma, la industria podría estar ante un destino similar al de la agricultura en el siglo XIX, que de ser el sector económico dominante, a menudo el único, pasó a tener una dimensión marginal. ¿Cómo han de distribuirse los tiempos de trabajo y la remuneración en una sociedad de servicios o de la información? ¿Es que la "vieja cuestión social" será reemplazada en la sociedad de la información por una nueva dimensión de la inequidad, que llevaría la etiqueta "digital divide"? ¿Qué problemas regulatorios y jurídicos provocaría una economía en la que la producción y el comercio de información (cuyos costos límite y, por ende, su precio, tienden a ser nulos) tendrán un significado central?

5. Los éxitos y perspectivas de la tecnología genética sitúan a la sociedad industrial moderna frente a un megaproblema normativo, que en su dimensión es comparable a la introducción de la energía nuclear. Sin embargo, el debate en torno a la energía nuclear, era más bien una controversia tradicional de riesgos y beneficios, que tenía un nuevo carácter como consecuencia de la peligrosidad a largo plazo del material radioactivo, o del alto potencial de víctimas de la mayor catástrofe concebible. Se trataba de la estimación entre el riesgo de que muchas personas perdieran la vida o la salud, y la posibilidad de que una cantidad mucho mayor de personas contaran con energía. En la tecnología genética -en tanto se orienta a la herencia genética humana- la cuestión pasa por qué es lo que son o deberían ser las personas. El perfeccionamiento genético posible técnicamente significa que las personas se conviertan en material, y el concepto de la libertad constitutivo de la democracia moderna pierde sentido, si las personas pueden producir planificadamente a otras personas. La casualidad altamente incalculable de la conformación genética de cada individuo es al mismo tiempo la condición para la libertad, ya que sólo esta casualidad garantiza que la existencia en el mundo no sea producto de un plan ajeno. Sin embargo no se busca desarrollar la discusión normativa en torno a la tecnología genética en este punto, sino que se trata de señalar el despliegue de confrontaciones normativas que será necesario para lograr consenso en torno a esta cuestión -consenso en el que también el gobierno podría apoyar su política-.

La lista de los problemas futuros podría extenderse. El común denominador de estos problemas, o de estas constelaciones de problemas, es que están más allá de las líneas de conflicto políticas o sociales establecidas, heredadas del siglo XIX, y esto pese a que los problemas de ese siglo ni siquiera han sido resueltos en las sociedades industriales avanzadas. ¿Qué puede hacer un partido político si quiere dominar viejos y nuevos problemas, sino abrirse a la sociedad civil e impulsar procesos de entendimiento nuevos y abiertos?

 
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